
Por primera vez en la historia de los Estados Unidos hay la posibilidad de que uno de los candidatos a la presidencia sea un mormón; esto genera una serie de preguntas por parte de los grupos conservadores cristianos con respecto a la postura que deben asumir ante tal eventualidad.
El tema puede ser espinoso, como lo fue en las recientes elecciones Mexicanas y sobre lo cual Carlos González en su blog Poder en Línea expresó con disgusto lo que estaba ocurriendo en su país diciendo:
Estoy harto de que la iglesia católica diga “no voten por los comunistas” y los cristianos digan “no voten por los católicos”. Estoy cansado de que sólo pensemos en votar a la ligera cada tres años y en los lapsos intermedios no nos involucremos en labores sociales, en la política real y en los trabajos con el gobierno que esté establecido en ese momento”.
Esto me recuerda una conversación que tuve con mi barbero hace muchos años el día de las elecciones locales aquí en Miami, donde esta persona declaró con mucho orgullo que había votado por todos los candidatos que tenían un apellido hispano a pesar de no conocer a ninguno de ellos. Esto tipo de actitud irresponsable es muy preocupante, ya que la misma demuestra que la afiliación religiosa y política, así como el celo étnico o nacionalista puede cegarnos llevándonos a seleccionar funcionarios incompetentes y hasta a un mandatario que no tenga las condiciones apropiadas para sostener tan alta posición.
En el caso de Mitt Romney, quizás sería mejor preguntarnos si es un “buen mormón”, ya que los mormones, humanamente hablando, al igual que los cristianos guardan preceptos que pueden considerarse morales o éticos dentro la sociedad en que vivimos. Lamentablemente Romney ni siquiera es un buen mormón, ya que abiertamente apoya la postura pro-aborto, un punto no aceptado por su iglesia.
El proceso de evaluación de los candidatos políticos se ha vuelto complicado, no sólo desde el punto de vista del votante, sino desde el punto de vista del mismo candidato, que quiere tener una aceptación global en su comunidad. Lo que termina ocurriendo es que acabamos votando por aquellos que se acercan más a un perfil creado por las organizaciones, las cuales establecen parámetros aceptables de acuerdo a una postura religiosa o cristiana.
¿Acaso para elegir al mejor candidato sería absolutamente necesario poner a prueba sus convicciones para determinar si es un ceyente regenerado? El ejemplo clásico es el de Ronald Reagan y Jimmy Carter; este último un pastor laico bautista, hombre de familia, con buen testimonio y activo en su iglesia; en cambio, su oponente era un artista de Hollywood, divorciado, que no asistía a ninguna iglesia y del cual sus hijos no querían ni saber. Sin embargo Reagan, un Republicano, recibió el apoyo de los conservadores y de la derecha cristiana, pudiendo derrotar a Carter, un Demócrata, en el año 1980. Cabe aclarar que a pesar de estas diferencias, Ronald Reagan se ganó el respeto de sus oponentes y pasó a la historia como uno de los mejores presidentes que ha tenido esta nación.
Para pensar:
¿Qué criterio podemos usar para evaluar correctamente a un candidato político?
¿Cuán importante es su etiqueta religiosa?
¿Está de acuerdo en utilizar las recomendaciones de organizaciones cristianas como la única base para hacer su decisión?