Durante este verano mi sobrino Alex de 9 años de edad estuvo aprendiendo a nadar con una instructora de natación en la piscina de mi casa. Por semanas veíamos con frustración la falta de progreso a pesar de los esfuerzos de la maestra y los familiares.
El problema estaba en que el niño tenía terror a meter la cabeza en el agua y no quería mojarse la cara. � Difícil aprender así, en seco y con los pies en el suelo, manteniéndose todo el tiempo en el extremo “seguro” de la piscina donde el agua no le pasaba de la cintura. � Le comenté a mi cuñada, a manera de broma, que lo que debía de hacer era “aprender a mojarse la cabeza” y así nadaría � rápidamente. Finalmente la hermana mayor de Alex lo convenció que para nadar hay que “despeinarse”, y salió nadando sin ningún problema. Se arriesgó, se mojó la cara, se despeinó y en fin, sumergió su cabeza en el agua. Resultado: aprendió a nadar en segundos y comenzó a disfrutar completamente de la piscina.
A veces los cristianos somos iguales y no queremos “mojarnos la cabeza”, preferimos no tomar riesgos, ser espectadores y no involucrarnos. Después de todo, es más cómodo llegar el domingo al culto, sentarnos, escuchar un lindo mensaje y regresar a la casa hasta el próximo domingo para repetir la misma rutina. Resultado: nos perdemos las bendiciones, no crecemos y no llegamos a conocer el gozo de servir en la obra de Dios.
No tema, zambúllase y experimente la satisfacción de “mojarse la cabeza”.








6. septiembre 2009 en 7:31 pm
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